¿Quién era yo antes de que viniera? Me cuesta mucho recordarlo. ¿Quién era esa persona de la que ahora mi mente reniega como si jamás hubiese sido yo? No era nadie. Quizá un trozo de carne deambulante, sin la prisa del que no tiene adónde ir, con nada delante, nada detrás y, lo que es peor, nada dentro. Un cúmulo de músculos que se movía al compás de la necesidad. Jamás he sido otra cosa que una sombra invisible que campeaba por los escasos parques de la ciudad en busca de un trozo de pan que robarle a las palomas. Un duendecillo solitario en un mundo que, después de aniquilarlos a todos, ya no cree en duendes. ¿Eso era yo? Ahora no puedo reconocerme.

Yo pensaba, y lo habría jurado ante cualquiera, que con el estómago vacío difícilmente alguien podía prestar atención a los asuntos del corazón; en este mundo hay prioridades. Los lujos empiezan donde termina el hambre. Pero todo cambió cuando llegó. Su primera mirada -¡qué intenso se vuelve mi recuerdo!- me desnudó. Con un parpadeo me liberó de aquel traje acartonado que poco a poco había ido naciendo sobre mí como una segunda piel protectora del resto de las personas. Mi anterior yo se quedó tirado en el suelo. Me abandoné en aquel lugar sin mirar atrás, sin compadecerme de mis restos. Desde entonces tuve la certeza de que jamás volvería a ser como antes.

Con el vértigo de quien se ve recorrido por miles de sentimientos desconocidos y con la furia de un torrente descontrolado nos echamos cada uno en los brazos del otro. El naufragio se lleva mejor con compañía, había oído decir en muchas ocasiones a los patos del estanque. Ya ni recuerdo cuántos días han sido, cuántos besos, cuántos bailes entre los árboles, cuántas palabras desenterradas, cuantas miradas sin fin, pero tengo la seguridad de que en todo el tiempo no pisé el suelo. Hay fuerzas descomunalmente mayores que la gravedad. Nos agarrábamos de la mano como quien, en medio del huracán, se agarra inútilmente a sí mismo para no salir volando. Éramos dos fugitivos que nos habíamos encontrado huyendo de la vida en el mismo escondite: el parque. Dos hojas que el viento se ocupó de superponer en el asfalto y que, cuanto más eran pisadas y más se llenaban de fango, más difícil resultaba separarlas.

Me viene a la cabeza cuando, poco antes de meternos en los sacos para dormir, en algún rincón resguardado del viento, mirábamos el cielo en tinieblas poblado de parpadeantes estrellas. Demasiados guiños. Los días peores se me ocurría pensar que su mensaje era que nos habíamos equivocado de galaxia, que en otro sistema solar a millones de años luz seríamos reyes. Pero había días en que sentía que todo el universo era cómplice de nuestra relación, y nos guiñaban los cien mil ojos en señal de apoyo.
- Allí está mi familia -me decía cada noche, señalando hacia arriba, y en su expresión se podía ver destrucción, lenguas de fuego, odio, explosiones, cráneos abiertos... La muerte surcaba sus ojos.
- La mía no -respondía yo-, pero está igual de lejos.
Nuestras manos eran una sola y nuestros cuerpos ya iban por el mismo camino cuando ayer la luz de varias linternas se interpuso entre los dos. No podíamos ver a los portadores, pero se acercaban. Nos saludaron con patadas y porrazos, proclamando su cobarde superioridad y su poco escrupuloso servicio al país que les había otorgado los uniformes. Cada uno de nosotros recibía los golpes del otro, no nos preocupábamos por los propios.

Ahora el avión se ha perdido entre las nubes y ya no tengo fuerzas ni para sostenerme en pie. No era nada antes de que llegase y ahora vuelvo no serlo, pero con el lastre de saber que fui todo durante breves instantes. Cualquier camino es corto cuando lo has terminado de recorrer, y más aún cuando lo que ves al final es un abismo. Lo único que sé ahora, con el avión ensanchando ese abismo, es que la frase del policía que le embarcó, el mismo que le dejó la huella de sus botas en la cara, me está retorciendo el corazón. Como si mis entrañas se hubiesen convertido en aceite hirviendo. Dormiré esta noche en el aeropuerto si puedo librarme de la imagen de ese policía, hinchando pecho, y con la sonrisa del poder, diciéndome:
- Que no se queje, llegó en patera y vuelve en avión.

(c) 1998. Jorge Gómez Soto.